Limpios de corazón

Lucas (10,1-9)Evangelio según Marcos (7,14-23)

En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo:
«Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».
Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola.
Él les dijo:
«También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina».
(Con esto declaraba puros todos los alimentos). Y siguió:
«Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».
Palabra del Señor

"¡Manteneos puros!". Este es el llamamiento del Evangelio. Pero ¿cómo conservar un corazón de niño cuando el mundo de los adultos es tan duro, tan injusto, tan intolerante y tan malévolo? Para ser fieles a nuestra vocación ¿tendríamos que abandonar el mundo y lavarnos las manos de todos los compromisos inevitables, para mantenernos así puros y limpios?
¡No¡ La religión de Jesús, no consiste en lavarse las manos. Todo lo contrario, la impureza comienza adherirsenos a la piel el mismo día en el que pretendemos lavarnos la mano del dolor y del sufrimiento del mundo; el día en que queremos preservarnos y buscar a Dios en algún tipo de refugio esterilizado solo para provecho personal.
"¡Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!" Es decir, dichosos cuando tomemos en nuestras manos la miseria del mundo, cuando nuestro corazón llegue a ser un corazón hecho de misericordia como el de Dios, entonces veremos a Dios.
Y si nos obsesiona nuestras manos sucias, alcemos los ojos a Cristo en la cruz. Sus manos están agujereadas y chorreando sangre. Fijemos nuestra mirada en sus ojos, miremos con Él el mundo y contemplemos a los hombres en su miseria, para creer aún en ellos.
Dios en ningún momento se lavó las manos para quitar de ellas las manchas de nuestra miseria, precisamente por eso, Él es la pureza, la santidad absoluta y no nos pide otra santidad que la de sentamos a la mesa de su Hijo y acogernos como hijos que tienen sucia las manos y el corazón pesado pero, eso si, por haber amado y haberse hecho cargo del mundo.

¡Paz y Bien!

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